lunes, 15 de octubre de 2018

VENTAS


VENTAS
Para garantizar la satisfacción de los clientes, los vendedores de bienes y servicios deben asegurarse de que lo ofrecido es  cierto y que al momento de utilizar lo adquirido, el comprador estará libre de sorpresas desagradables. Una buena venta debe estar ausente de medias verdades que puedan inducir al cliente, a devolver lo comprado.
Es posible que la política del engaño  responda al afán de los ejecutivos de un negocio por incrementar las ventas y que los vendedores solo responden a ese infortunado modus operandi. Sin embargo, a la hora de generarse una desavenencia el cliente señala al vendedor que busca asegurar su salario,  como responsable de su reacción, cuando la fuente del conflicto está en otro lugar y responde a otras motivaciones de lucro desaforado.
La peor actitud de un negocio al intentar expandir sus ventas es partir de la hipótesis de que todo cliente al que le ofrecen por ejemplo, un producto financiero como una tarjeta de crédito, no se percatará de que, al momento de utilizarla, los beneficios que le indicaron estaban incluidos en el instrumento de pago, eran exageradamente condicionados.
Cuando un cliente de tarjetas de crédito  tiene perfil  clase A porque paga sus saldos de contado,  la lectura que debe hacer un vendedor es que se encuentra ante alguien que toma en serio sus finanzas en cuanto a ingresos y gastos se refiere. El comportamiento de alguien que paga de contado no responde necesariamente a una persona de altos ingresos. Sencillamente se trata de alguien que analiza cuidadosamente las ventajas que otorgan los instrumentos financieros a favor de sus clientes y toma ventaja de ellas. Es un esquema en donde el cliente libra de dolores de cabeza al ente emisor.
La venta de beneficios ficticios de una tarjeta de crédito puede llegar a desarmar el equilibrio financiero que un cliente ha logrado establecer en el tiempo como consumidor de productos financieros y dañar su limpio comportamiento con otros entes del sistema con los que mantiene relaciones financieras.
En conclusión, las ventas amañadas atentan contra el cliente, la entidad misma que estimula este comportamiento perverso   y las otras entidades con las que el mismo cliente mantiene responsabilidades.




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